Perder
Lloré de camino a casa, por la calle. Aguanté a salir del metro, enfilé la acera y me puse a llorar mientras andaba, en silencio, desconsoladamente.
Hay quien podría decir que me pilló un momento sensible, que mi equipo acababa de perder injustamente, que había soltado parte de mi rabia en el estadio y que lo queda después de tan enorme subidón de adrenalina es tan débil que cualquier palabra puede hacer un daño inusual. Debo decir que es falso.
Alguien me dijo que no sé perder. Parece una tontería.

En mi cabeza, y con una canción preciosa y muy alegre de fondo, se sucedían en un bello contraste las imágenes tristes de todo aquello que he perdido. De cada una de las cosas que se me escaparon, que se fueron lejos, que perdí. Cosas importantes en mi vida, personas a quien he amado hasta la extenuación, personas que me hicieron recobrar la confianza y marcharon, personas que en ese mismo instante yacían en una cama, lejos de mi. He perdido tantas cosas que entre las imágenes no me quedaban más lágrimas, y acabé con los ojos rojos, las mejillas coloradas, la cara hinchada.
He perdido muchas veces, y en cada una de ellas he sabido aceptar que no siempre tiene más el que más da, que el amor es algo ilógico y las matemáticas nunca han servido para describirlo. Que respetar la libertad de las personas es el mayor gesto de amor puro que puede haber existido. No me gusta perder, como a todos, pero sé hacerlo. Y gracias a ello, ese alguien que habló tiene la posibilidad de dirigirse a mi.

