El plato de la ducha
Llegué a casa, con un frío impropio del verano en que me encontraba. Era finales de Julio, hora temprana, y el sol empezaba a coger fuerza mientras me adentraba en mi portal, con la cabeza agachada.
Tus palabras resonaban una y otra vez en mi cabeza, y al cerrar detrás de mi la puerta se me cayó el mundo por primera vez al suelo. Acabé sentada en mitad de mi habitación, con la cabeza entre las piernas, con las rodillas dobladas, con el silencio roto por cada toma de aire.
Fui a la ducha, mientras murmuraba maldiciones al cielo, intentando pronunciar palabras que se perdían ahogadas. Me desnudé, me senté en el plato de la ducha, dejé caer el agua, que no tenía el propósito de limpiarme por fuera sino de calmarme por dentro.
Me había pasado de frenada, y sin querer te había hecho daño. El mundo había pasado al segundo plano, y ahora sólo quería que pasara el tiempo, y demostrar que podía hacerlo, que sabría hacerte caso, que por mucho que doliera, todo lo que llevo dentro era más grande que yo misma.
Jamás pensé que pudiera llegar a estos límites. Por eso es tan difícil pensar que algún día dejaré de quererte.
Te quiero

